jueves, 10 de septiembre de 2009

A mi amor platónico...

Uno cree que es una tontería hasta que te llega… el amor… pero no cualquier amor: el amor platónico. Tú -sí, tú que me estás leyendo-, entérate: me ganó el etéreo amor que se complace en lo incorpóreo. Claro que yo no chillo por una de esas criaturas del todo inalcanzables –mi locura no da para tanto-: mi amor es físicamente cercano, aunque es distante -muy distante- a la vez… Es así seguramente porque mi amor hunde sus raíces hasta perderlas oscuramente en lo más profundo de mi corazón: ese santuario de donde brota su fuerza y en donde se acostumbra a su condena. ¡Ay, de mí que amando sufro y no me canso! ¡Qué agonía la mía para más dichosa! ¡Pobre de mí! Si yo me atreviera a traslucir siquiera un poco de la luz con que me llena cuando está… Disciplinada locura que cultivas el tesón y flirteas la imprudencia, ¡gracias por darme tanto y tanto corazón que es casi para mí como mi cuerpo todo! Y a él, ¿qué le haré? Ni besarlo, ni tocarlo o, si acaso, apenas por las manos, apenas con las manos. O apenas por los ojos. O apenas con la nada de este aire entrometido que se enreda entre nosotros, aire con que habré de acariciarlo y apretarlo contra mí sin que su cuerpo lo sepa…